Por lo general asociamos los síntomas generales de astenia, principalmente cansancio y apatía con la primavera, sin embargo, también en otoño hay muchas personas que pueden sufrir de esa pérdida de energía que conduce a la astenia, e incluso en algunas personas también a la tristeza o la melancolía.
A la llegada del otoño se produce un descenso de temperatura, el tiempo empeora, se vuelve al ritmo frenético y a la rutina diaria, además disminuyen paulatinamente las horas de luz y a finales de octubre, con el cambio horario, perdemos una hora entera de luz en solo 24 horas.
El acortamiento de los días produce en el organismo cambios hormonales, aumenta la producción de melatonina y disminuye la de serotonina, lo que preparaba al hombre antiguo, que se regía por el sol y las estaciones para su trabajo, para más horas de sueño y menos de actividad, pues la naturaleza ralentiza su ritmo durante el invierno. No ocurre sin embargo eso en nuestra vida moderna en que prácticamente todo el año, salvo el corto periodo vacacional, seguimos la vida con la misma intensidad y ritmo. El organismo debe por tanto readaptarse y no todas las personas se habitúan fácilmente a los cambios ambientales que se producen con el cambio de estación.
Este desorden biológico, generalmente es leve y de relativa corta duración (puede oscilar, según la persona. entre varios días y varias semanas), en cuanto el organismo se reajusta a estos cambios suele ceder, pero puede verse agravado por el estrés propio del ritmo de vida actual, tanto laboral como familiar, por una alimentación desordenada, hábitos de vida inadecuados o la vida sedentaria. Los síntomas, son los derivados de una pérdida de tono y energía, e incluyen la esfera física –cansancio, debilidad, somnolencia, falta de apetito- y psíquica – bajo estado de ánimo, dificultad para concentrarse, apatía, irritabilidad, descenso de la líbido-. Si se prolonga demasiado en el tiempo o si los síntomas se presentan con intensidad, puede producirse incluso un descenso de las defensas del organismo y, por tanto, mayor propensión a padecer procesos infecciosos.
Lo mejor para evitar este problema es la prevención: respetar las horas de sueño y mantener los horarios de las comidas, una alimentación equilibrada, ejercicio físico moderado (no olvidemos que caminar diariamente por lo menos 30 minutos es uno de los mejores ejercicios), evitar hábitos tóxicos como el tabaco, reducir el consumo de alcohol y mantener ocupada la mente, son hábitos saludables que ayudan a regular el ritmo biológico.
La fitoterapia y otras sustancias naturales pueden constituir una gran ayuda para esta readaptación, evitando que este estado se prolongue demasiado en el tiempo y reforzando el sistema defensivo para evitar las infecciones propias de los rigores estacionales como son gripes y resfriados.
Las plantas adaptógenas y tónicas como el Ginseng y el Eleuterococo pueden ser de gran ayuda porque activan las vías fisiológicas de los procesos que permiten al organismo producir energía , y al mismo tiempo, influyen positivamente en las reacciones de adaptación del organismo al estrés físico y ambiental. Por otra parte estas plantas tienen también una demostrada acción de refuerzo del sistema inmunitario.
La jalea real, la miel, la malta de cebada y el germen de trigo, ejercen una acción integradora de nutrientes esenciales como son las vitaminas, las sales minerales y los oligoelementos, cuyas necesidades se ven aumentadas cuando el organismo requiere una mayor carga de energía. Por su parte el arándano y la acerola, son fuente importante de fitonutrientes y antioxidantes que ofrecen al organismo protección frente a las reacciones de oxidación que se generan en los procesos de cambio y adaptación.
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