El colesterol es un lípido que se encuentra en los tejidos corporales y la sangre de nuestro organismo y del de los animales. Entre otras funciones, resulta indispensable para la producción de hormonas y para la formación de las membranas celulares y de la capa protectora de los nervios; también es un precursor de las sales biliares que intervienen de forma importante en los mecanismos de la digestión.
Una parte del colesterol que necesitamos la sintetiza el propio organismo, es lo que se llama colesterol endógeno. Otra fuente de obtención del colesterol procede de los alimentos, principalmente de la yema de huevo, lácteos, hígado, cerebro y músculo esquelético de los animales (carnes rojas), constituye el colesterol exógeno.
El colesterol es insoluble en agua, por lo que se transportan a través de la sangre formando complejos con proteínas, llamados lipoproteínas, principalmente las LDL y VDL (de bajo peso molecular) y las HDL (de alto peso molecular). Pero existen unos límites por encima de los cuales el colesterol se vuelve nuestro enemigo y amenaza nuestra salud.
Cuando la concentración total en el plasma sanguíneo (colesterolemia) sobrepasa los límites de 150 a 200 mg/100ml, se considera hipercolesterolemia. Sin embargo la concentración total de colesterol en la sangre no da toda la información necesaria. Cuando existen, de forma sostenida, niveles excesivos de colesterol transportado a través de las LDL (LDL colesterol), éste tiende a acumularse en el interior de las arterias dificultando el flujo sanguíneo y aumentando el riesgo de sufrir problemas cardiovasculares (principalmente infarto de miocardio), por eso es conocido popularmente como “colesterol malo”. El colesterol LDL en plasma sanguíneo no debe superar los 130 mg/dl. Por el contrario el HDL (colesterol “bueno”), ayuda a la limpieza de las arterias protegiendo el sistema cardiovascular. La función del HDL es la de trasladar las grasas hasta el hígado para su eliminación y para evitar que se depositen en las arterias, por eso niveles demasiado bajos (menos de 40 mg/dL) suponen un mayor riesgo de sufrir enfermedad coronaria.
Aunque algunas personas pueden tener una niveles altos de colesterol debido a un exceso de producción de colesterol endógeno, por sufrir ciertas enfermedades (hepáticas, endocrinas, renales) o por un defecto genético que impide que el colesterol LDL sea degradado (hipercolesterolemia familiar), tienen gran importancia los factores dietéticos. El consumo abusivo de grasas animales o alcohol favorece que el colesterol no se degrade y se acumule en las arterias, siendo el tabaquismo un agravante.
Para prevenir y mantener bajo control el colesterol sanguíneo es imprescindible seguir una dieta equilibrada, baja en grasas animales y rica en frutas y hortalizas (antioxidantes), legumbres (aporte de fibra) y también en pescado azul, que ayuda a mantener los niveles de colesterol HDL (colesterol bueno). Además, evitar el tabaco y el alcohol y hacer ejercicio para aumentar el gasto energético, son medidas complementarias indispensables.
Como al inicio la hipercolesterolemia es un trastorno silencioso, sin síntomas aparentes, es recomendable hacer por lo menos una revisión médica anual que ayude a detectar el problema lo antes posible. En el caso en que al paciente todavía no se le prescriba una terapia farmacológica específica, las plantas medicinales tradicionales como el Ajo, el Romero y la oleoresina de Gugulón, así como los ácidos grasos omega-3 procedentes del aceite de pescado, pueden ser de gran ayuda para controlar los niveles de colesterol. Incluso en el caso de establecerse una terapia farmacológica específica, estas sustancias de origen natural pueden actuar como coadyuvantes. Sin embargo no debe sustituirse un tratamiento farmacológico establecido por el médico sin su consentimiento. El farmacéutico puede aclarar sus dudas sobre este trastorno metabólico e informarle y aconsejarle sobre los tratamientos naturales más adecuados.
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